Gilipollas de mi Vida (anécdota VI)

Casi se me han desprendido las córneas por la erosión y se me ha derretido la lente a causa de la contemplación dolorosa, con mi eternal ceño fruncido, de la estupidez humana.

Sin embargo, miope y misántropo que yo pueda ser, soy siempre el primero en reconocer y ver la silueta, por supuesto no deseada pero familiar, de otras personas con las que necesariamente te cruzas por el dià a dià italiano y soy yo quien saluda positivo y cordial. ¡Realizo este acto por mera educaciòn y pragmática, que quede claro! No tengo sentimientos.

Hay que exorcizar la evidencia de un sapiens generalmente hostìl a su semejante.

En un lugar de trabajo, lo sabemos todos, no nos conocemos unos a otros aunque nos encontremos durante años por los pasillos. Es una buena idea la de ser un poco “formales”, estirar hasta una sonrisa en su caso. ¡La vida es ya bastante difícil!

Durante años me pasò de saludar cordialmente a un sapiens arrogante que, durante el mismo número de revoluciones del globo alrededor del sol, nunca respondió a mi amigable formalidad. Se había convertido en una especie de chistoso ritual diario, hilarante, verle alardear de su indiferencia y superioridad frente a un cortés “Rocker” (yo). ¡Era un médico!

Al oír la noticia de su muy triste e inesperado fallecimiento, a pesar de cierta compasión innegable y humana para él y sobre todo por sus seres queridos que se quedaban solos (anuque, hay que ser honestos, fueron siempre refractarios como él a la buena educación) no pude, sin embargo, evitar de mojar la lengua en la hiel del cinismo y, también yo haciendo mi parte en la historia de la humana gilipollez, comenté: “Se ha ido como siempre ha vivido: sin saludar”.

¡Humana indiferencia! ¡Después de la frase sardónica tuve que admitir que la estupidez genera estupidez! ¡Y nadie está a salvo!

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