GILIPOLLAS DE MI VIDA (ANÉCDOTA VII)

Tal vez no haya trabajo ideal, pero para mí el que podría llevarse la palma es en la Universidad. Està lleno de subnormales, pero puedes hacer lo que te dé la gana pràcticamente.

No es que me quedé completamente satisfecho con mi tesis doctoral, hay que decirlo, habría requerido un mayor refinamiento.

Me dieron la nota màs alta, anyway; un rap pero me vino de un confuso profesor de Trento (Italia) al que yo había contactado para que, si lo consideraba justo, se me concediera, gracias a su patrocinio, el doctorado con la fórmula europea, que aquel entonces era una novedad.

¡No! El dijo. Mi definición de los delitos cibernéticos y su categorización no eran satisfactorias y, con palabras de su prosa: ¡apodícticas! En las conclusiones resultaba que yo hipostatizaba esta polla, vagaba en estériles hallazgos adicionales y en divagaciones de su puta madre, ya asì charlrecharlando.

¡Basta ya con el acidez! ¡Se tienen que aceptar tanto las críticas, asì como una sólida intransigencia científica! ¡La honestidad intelectual es lo primero! Si mi tesis no se merecìa el patrocinio, pues era justo no otorgarlo.

Desde luego allì mismo me sentì herido y me avergoncé, pero decidí aprender una valiosa lección de esta aventura, mejorar, asì que contesté a este valiente mentor mostrando sincera admiración por su rigor científico e investigativo.

Es cierto que ningún barón de mi universidad de origen (Madrid) nunca se había puesto en contacto, como es de costumbre, para tantear y direccionar las palabras del consultado (no me gustan estas prácticas) y tal vez el subalpino habría flipado al saber que a mi todopoderoso presidente de tribunal le habìa sentado mal la cosa y le quería convencer a que cambiara de opinión.

¡No! No quise que se hicieran presiones sobre este hombre de gran integridad. ¡Por una vez que se encuentra alguno! Es màs: ¡W Italia, gran país, donde las cosas funcionan! W Italia y su muy poco conocido y publicitado rigor científico, pensé con amarga felicidad. Pasamos por ser unos corruptos. ¿No es verdad, no?

¡Pues bien: en mi corazon ráfaga de orgullo patriótico, a pesar de mí propria suerte! Quiero decirlo, a costa de resultar ingenuo.

El mundo académico es realmente pequeño.

Unos años después, me enviaron un artículo para que lo tradujera del italiano al español, era sobre el tema de mi tesis. ¡Y era justo del conpatriota héroe de la investigación científica! Empecé a leerlo con una amarga sonrisa, la de quien contempla una pieza de su pasado, y se ve como en una vieja foto; estaba ahora relegado a la práctica forense en la provincia italiana profunda, en el Reino del Papato.

La sonrisa se borrò pronto. En el escrito, el académico puritano daba una definición de los delitos informáticos, copiando parabra por palabra mi “apodíctica” y “no condivisible” categorización.

¡Me cagué en todos sus muertos! La traducción (gratis, obviamente) se la hiciera él solito (…que de hecho habrà habido otro esclavo) que hademàs no necesitaba siquiera traducciòn ya que mi tesis era en español y la había copiado, el hijo de la gran puta. No fui a Trento a romperle su cara de mierda, como debería hacerlo, sòlo porque la gasolina es cara. ¡Rastrero!

Cansado de tanta estupidez universitaria me había aventurado fuera de los ambientes académicos, pero también allì donde estaba, pues estaba lleno de gilipollas. Pero esa… es otra historia.

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