GILIPOLLAS DE MI VIDA (ANÉCDOTA VIII)

Al estudiar y reflexionar sobre algo hay por lo menos que ser honestos acerca de sus propias opiniones y conclusiones.

¡No hay lugar para la vergüenza si seguimos el “conocimiento del mundo”! ¡Algo de ambición uno tiene que tenerlo en la vida! Es cierto que muchas ideas que aparecieron escandalosas en ciertas épocas se han convertido en la norma en otra y viceversa.

Durante una conferencia sobre la pena de muerte, contrarìsimo a ella por muchas excelentes razones, sin embargo, dije que su negativa no la veìa tan sòlo (o no tanto) en la infracciòn una regla ética universal, la que nos prohibe de matarnos unos a otros, sino en la “burocratización” de la muerte y en su concreta aplicaciòn tal y como siempre ha sucedido: los riesgos no valen los pocos beneficios inherentes de la eliminación física de ciertos sujetos.

Como sabemos, a menudo -por no decir siempre- son reprimidos sòlo los últimos desafortunados de la sociedad, o incliso los sujetos detestados por un determinado orden establecido, que no son para nada los más nocivos y peligrosos, y mucho menos los màs egoístas y parasitarios.

Supongo que con toda probabilidad desde cuando el sapiens se llama sapiens nunca haya pasado un solo día bajo el sol en el que un miembro de la especie no haya suprimido a otro; habrìa que hacer el caso y dar su justo peso a ese hecho y, aunque se tienda a la eliminación de todas las formas de violencia, se debe evitar hablar de este objetivo tan lejano cómo si fuera algo ya a portada de manos y que desprende una sana y concreta fuerza vinculante. Pues asì no es.

Hay que decir pero que nunca dejaría yo a un ser humano (el juez) el poder de suprimir a otra persona, apoyando su trabajo con mi consentimiento implícito. Me imagino, sin embargo, diversas circunstancias y escenarios donde podía tomar yo mismo la iniciativa y matar a alguien.

Simplifiquemos mucho: si tiene que haber violencia, ya que la hay, por lo menos que sea brutal, personal, y no organizada por la ley, quedando en el residuo todavía salvaje presente en la especie humana, y no dejemosle invadir a la ley, que en alguna forma podrìa ser vista (siendo muy optimistas y equivocados) un camino hacia a la “salida de lo irracional y lo primitivo”.

Dicho esto, recogo, en el simposio, grandes y generales reproches. ¡Murmur! ¡Hum, no! ¡La razón por la que no debes matar es sólo eso: no hay que matar. Kant enseña! ¡Dios lo quiere! Siendo el ùnico disidente en la habitación, me inclino ante la sabiduría del maestro. ¡Amens!

Al final de ese aburrimiento, varios compañeros de clase y de investigación se acercan para felicitarme por la intervenciòn, que sin embargo no había recogido ninguna aceptación en el acto. Cobardes!

De hecho, algunos de ellos malinterpretando completamente mi posición y pensando que había “hecho una tara” por timidez en exponer mi posiciòn, y pensando en hacer una buena impresión, me dijeron: que ellos eran a favor de la pena de muerte! Pero … cómo decirlo …
Eso es cómo de serio se toma la gente a su trabajo.

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